viernes, 11 de junio de 2010

APARICIO O LA PASTA DE LOS TOREROS



por Antonio Burgos
'Saliendo de la clínica tras el cornalón, más que un gran torero, cuya gloria con el de Alcurrucén en el San Isidro de 1994 aún recordamos, parecía un cantaor. Como si el hijo de Maleni Loreto hubiera seguido la senda de bronce y seda del arte de su madre y fuera uno que ha ganado la lámpara minera y va a mandar a los albañiles a José Mercé.

Con su chaqueta azul de ser y parecer torero hasta durmiendo, este aire flamenquito se lo daba el pañuelo de seda que al cuello llevaba. Pañuelo de cantarle una saeta al Gran Poder. Pañuelo de reunión de cabales, de decirle al guitarrista el número mágico de un traste y arrancarse con un ayayayay en el que cabe la vida, porque cabe la muerte. Como en el toreo. Flamenco y toros se dan la mano y se nutren mutuamente de tal forma, que no me extrañaría que después de las corridas los catalanes quisieran declarar fuera de la ley a la soleá y la seguiriya.

Hablo de Julio Aparicio. Los que nos emocionamos con su pellizco le decimos desde siempre Julito. Ese diminutivo viene cuando arrancaban de novilleros Finito en Córdoba y Jesulín en Ubrique y medio Cossío tenía un niño que quería seguir los pasos de su padre y ser torero. Si a Julio Aparicio le había salido un niño torero, a Miguel Baéz Litri, su pareja, le había salido otro.

'Miky' que llamaban, aunque sonara más a ratón de Walt Disney que a litrazo en Huelva. Y el niño de Paco Camino, mentado igualmente con diminutivo impropio, Rafi, también iba para torero. Y no tengo que citar (con el cartucho de pescao) al Niño por antonomasia de todos aquellos niños, a José Luis Vázquez Silva, que aunque ya cuarentón sigue siendo para todos los que fuimos y somos sus partidarios El Niño de Pepe Luis, pues Pepe Luis sólo hay uno y no hay que mentar el apellido, y niños, aunque el Sócrates de San Bernardo tiene lo menos media docena, no hay para los que degustamos un día las esencias de su tarro otro que este Niño.

Muchos de los que vimos el terrible cornalón que le atravesó a Julio Aparicio el cuello que ahora tapa el pañuelito flamenco sentimos el mismo dolor que si el toro hubiera enganchado a un hijo nuestro. Nos vino el recuerdo de aquel mexicano Miguel Ángel al que, toreando de rodillas, un toro le metió el pitón por la boca y le partió el velo del paladar en Sevilla, y que se salvó gracias a las manos milagrosas del doctor Leal Castaño, el que se ponía en el burladero de los médicos con su sombrero de ala ancha y un clavel en la solapa, como diciéndole al mal fario que debía volver a la Feria y no tenía la menor intención de ponerse la bata blanca.

El cornalón de Julito vino a decirle a los ecologistas prohibicionistas toda la verdad del toreo. Esa foto que ha dado la vuelta al mundo es el panegírico de la grandeza del Rito, como le gusta a Albert Boadalla nombrar a la que otros llaman Fiesta. Pero, por desgracia, en ninguno de esos periódicos que llevaron a primera la foto tremendista del cornalón con el pitón saliéndole por la boca, como si el pobre Julito estuviera vomitando toro, ha venido la foto flamenquita de Julio Aparicio saliendo de la clínica, como tampoco sacan a ninguno en el telediario con las dos 'pelúas' en la mano saliendo por la puerta grande, sino sólo cuando hay hule. Los más han dicho lo de la pasta de los toreros. ¡Qué plastas se ponen con la pasta! Que los toreros están hechos de otra pasta. No, los toreros grandes no están hechos de pasta, qué pasta ni pasta. Toreritos de pasta y de plastilina hay todos los que ustedes quieran, pero no es el caso de Julito.

Me parece irreverente hablar de la pasta de los toreros, como si fueran figuritas de porcelana. Bueno, algunos lo son: muñequitos de pasta gansa mediática. Los toreros grandes no se recuperan tan pronto de las cornadas porque estén hechos de otra pasta. El aparente milagro ocurre porque son de la madera gloriosa de los héroes'.

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